Tome los apuntes de mi escritorio y salí corriendo rápidamente
“¡Llego tarde!” pensé.
Me subí al primer bus que llego y en cuestión de minutos ya me encontraba en el instituto.
Suspire aliviada al llegar a mi casillero y ver que él aún no estaba allí.
En lo que esperaba, saque mi libro de química, ya que era la primera clase que me tocaba ese día, y entonces recordé.
Hoy debía entregar un informe sobre las reacciones que se producían al mezclar determinadas sustancias.
Era bastante sencillo para mí un trabajo de este tipo, pero lo había olvidado completamente, y es que concentrada en cumplir el pedido de Jorge había descuidado mis deberes.
Esto no me hubiese preocupado, de no ser porque era la que tenía el mejor promedio de mi curso y por supuesto, quería mantenerlo intacto.
Yo era una chica tímida y con excelentes calificaciones.
Tenía pelo castaño claro y ojos Verdes, que según mi madre, eran hermosos.
Nada especial. Digamos que era la típica compañera de clase al que todo el mundo encontraba divertido molestar, y eso hacían, molestarme.
Parecía que se había convertido ley, el no permitirme estar tranquila un solo día.
La única solución que tenía era pedir que me trasladasen a otra escuela, eso sería perfecto.
Pero claro que tendría que explicar el porqué del traslado y la verdad era que no quería preocupar a mi mamá.
Ella ya tenía bastante con todo el trámite para divorciarse de mi padre, como para agregarle otro dolor de cabeza.
No, no haría eso.
De cualquier forma ya solo me quedaban dos años más, y luego gracias a mis notas, podría asistir sin inconvenientes a la universidad que quisiese, únicamente debería esperar.
Suspire frustrada, resignándome a obtener por primera vez, una mala calificación.
Estaba pensando en alguna excusa que pudiera presentarle al maestro, pero sabía que era inútil, el Sr. Basso no era comprensivo y por supuesto odiaba cualquier tipo de excusas.
— ¡Hey! — una voz familiar me saco de mis pensamientos.
El chico caminaba por el pasillo hacia mí. En el momento que él pasaba, todos los alumnos le abrían paso.
Aquel joven asustaba a cualquiera y era por lo cual tenía el respeto de toda la población estudiantil.
Pero a diferencia de los demás, aquel chico, además de miedo, despertaba otro sentimiento en mí.
Estaba enamorada de él desde como hace un año, cuando había ingresado al instituto.
Pedro Alfonso era un joven alto, mucho más alto que yo, de cuerpo fornido y bastante trabajado. Tenía la piel cubierta por algunos tatuajes.
Pero además de todo lo que me gustaba de él eran sus preciosos y brillantes ojos Cafes, su cabello castaño que solía llevar despeinado, y su sonrisa que aunque no la mostrase con frecuencia, sabía que era hermosa.
—¿Dónde está? —pregunto Pedro en el momento que llego hasta mi casillero — Espero que hayas hecho lo que te pedí, o te arrepentirás —dijo esta vez con más furia que lo habitual.
— A- aquí esta —respondí nerviosa, entregándole los apuntes que había tomado esta mañana.
Estaba asustada, Alfonso era uno de esos tipos que trataba mal a todo ser viviente que no le agradara,sin importar que fuera hombre o mujer, y por alguna razón que desconocía, creo que yo encabezaba la lista.
El jamás demostraba sus sentimientos, y era uno de los tantos chicos que me acosaban.
— Así me gusta —me lanzo una mirada llena de odio —Me voy — se dio vuelta para irse, pero antes dijo —No vayas a olvidar mi tarea de Física nena —y finalmente siguió con su camino.
Solté un suspiro triste y me dirigí a clases.
Siempre me preguntaba porque me había enamorado de él, si lo único que hacía era usarme una y mil veces.
Pero nunca encontraba una respuesta razonable. No podía evitarlo. él me trataba mal, me insultaba junto a su grupo de amigos.
Yo sabía que Pedro me odiaba por el mismo motivo que todos lo hacían, lo que no entendía era el por qué.
Y sabía que si se enteraba de que andaba enamorada de él, me odiaría aún más.
El único trato que tenía con conmigo –además de molestar- era para pedirme que hiciera sus tareas y trabajos escolares.
Yo siempre aceptaba por dos motivos: el primero era que si me negaba, acabaría mal, así de simple.
Y el segundo, quizá por el que realmente aceptaba, era por mis sentimientos hacia él.
Esos sentimientos me llevaban a aceptar cualquier propuesta que me hiciera el castaño.
Sabía que era una acción totalmente masoquista, pero no me importaba.
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